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Grecia se la inventaron hace cuatro días

Era una cálida noche de abril, pero él no sentía más que frío. La brisa mediterránea se colaba por la ventana, ondulando suavemente las cortinas. Los cortes le escocían como el fuego y se sentía demasiado débil hasta para respirar; no obstante, sus preocupaciones se encontraban muy lejos de su cuerpo moribundo. No podía dejar de darle vueltas. ¿Había hecho bien en acudir en auxilio de la causa griega? Durante el año que había pasado en el país, había sido testigo de terribles atrocidades, había sabido de pocas victorias, y había quedado claro que los griegos se enfrentaban con más energía a otras facciones de griegos que a los turcos. Para colmo, le habían desplumado como a un guiri, sin que los miles de libras de los que le habían desprendido parecieran haber ayudado lo más mínimo al bien común. Sin embargo, de una cosa estaba seguro: la causa griega estaba por encima de su fortuna, de su cuerpo, de sí mismo y de los propios griegos. Grecia había sido una vez cuna de la civilización occidental, embrión de la ciencia, faro de la filosofía y foco del humanismo. ¿Cabía acaso mayor empresa que la de liberar a los griegos y restaurar el territorio en su antigua gloria? No. Él podía estar muriendo, pero Grecia renacía.

 

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Lord Byron, como todo guiri, subestimó el frío mediterráneo y se pilló un resfriado. Los médicos intentaron curárselo sacándole 2 litros de sangre. No funcionó.Claro.

 

La muerte de Lord Byron en Mesolongi supuso una explosión propagandística para el conflicto. Byron era la celebrity de moda, un romántico extravagante y dadivoso cuyo carisma arrebatador permitía pasar por alto sus desprendidos impulsos carnales. Los intelectuales europeos se solidarizaron con su colega caído. ¡Pocas cosas resultaban más seductoras para los románticos que la muerte de un jóven rico por alguna causa ridícula! De la noche a la mañana, la Guerra de Independencia griega se convirtió en el asunto de moda en toda Europa Occidental. La exaltación llegó a tales cotas, que las mismas potencias que habían firmado apenas una década antes un acuerdo para impedir la independencia de cualquier territorio europeo, aprobaron una intervención militar para garantizar la independencia de aquel territorio europeo.

 

Según la moda del momento, era preciso convertir Grecia en un Estado-nación. Pero el escenario en el que se pretendía consolidar el pequeño país era bastante inquietante. Dos problemas se presentaron inmediatamente. Primero, jamás había existido un Estado griego, ni tenía ningún tipo de antecedente histórico. Y segundo, ¡ni todos los griegos vivían en Grecia, ni todos los habitantes de Grecia eran griegos! El esfuerzo necesario para hacer coincidir las fronteras del Estado griego con el territorio que ocupaba la población griega fue homérico. Para hacernos una idea de la situación, hay que tener en cuenta que la Guerra de Independencia griega se planeó en Ucrania, dio sus primeros pasos en la actual Rumanía y el peso de la contienda lo llevaron milicias albanas en el Peloponeso, todo lo cual es, cuando menos, llamativo. En realidad, tiene mucho sentido, porque la burguesía griega y, por tanto, los nacionalistas griegos, habitaban mayoritariamente en Constantinopla, desde donde dirigían sus flotas mercantes por el Egeo y el mar Negro. La confianza que la Administración otomana había depositado en estos magnates era tal que les había entregado el gobierno de los principados de Valaquia y Moldavia (Sur y Este de la actual Rumanía). En cambio, los habitantes de Grecia eran  jornaleros griegos empobrecidos, pastores albanos aislados en las montañas y monjes ortodoxos recluidos en sus monasterios. La mayoría de la poca tierra cultivable del país estaba en manos de caciques griegos y granjeros turcos. Apenas nadie recordaba -¡ni mucho menos añoraba!- los lejanos tiempos de la Antigua Grecia. Atenas era una ciudad pequeña, Tebas, un villorrio y Esparta, una ruina abandonada. No quedaba ni rastro de filósofos, ingenieros o soldados. Pocos podían leer aún las Historias de Heródoto, los discursos de Pericles, o los Diálogos de Platón. No sólo por el analfabetismo generalizado, sino porque el idioma ya no era el mismo. Para colmo, resultó que la identidad griega se consideraba heredera de la Roma cristiana, no de la Grecia pagana. ¡Su referente era el Imperio bizantino, no la Atenas democrática! La Grecia de Byron existía sólo en la imaginación de los románticos.

 

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Aún así, Reino Unido, Francia y Rusia acordaron constituir un “Reino de Grecia” y ponerle un rey alemán. Para amoldar el país al modelo nacional, se demolieron las mezquitas y se persiguió a los musulmanes. Los albanos fueron desplazados: los romaníes, marginados; los turcos, expulsados en masa y los griegos musulmanes, exterminados. Aún así, el país estaba lejos de conseguir la homogeneidad nacional; quedaban incómodas cantidades de albanos, epirotas, macedonios y búlgaros. Para justificar la amalgama étnica del país, se inventó el concepto “griego eslavófono” y se practicó un contorsionismo identitario que consideraba, por primera vez en la historia, a epirotas y macedonios como griegos de toda la vida. ¿Pero qué pasaba con los griegos de toda la vida de verdad, que seguían viviendo fuera de Grecia? Estaba claro, el paso siguiente sería reconstruir el Imperio bizantino en forma de una Gran Grecia que controlara ambas costas del Egeo. Así que, aprovechando el colapso del Imperio otomano después de la Primera Guerra Mundial, el Ejército griego invadió Anatolia; aunque empezó muy bien, la campaña acabó en un absoluto desastre. A cambio de la paz, se acordó un intercambio de población. Si Grecia no iba a los griegos, los griegos irían a Grecia. Aunque, en realidad, el acuerdo no tenía en cuenta el grupo étnico, sólo la religión de los desterrados. Así, 1.250.000 cristianos fueron expulsados de Turquía en dirección a Grecia, mientras que 360.000 musulmanes fueron expulsados de Grecia en dirección a Turquía.

 

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Costó un siglo, pero Grecia llegó a ser un Estado-nación. La inmensa mayoría de los griegos del mundo viven bajo el poder impositivo del Estado griego -lo de Chipre ya tal-, aunque para eso fue necesario masacrar y expulsar a las minorías y cambiar el propio significado de “griego”. Además, el gobierno marioneta dejó excavar y expoliar el país a los arqueólogos occidentales con considerable libertad, dejando que su pasión por la Grecia clásica calara en la Grecia moderna. Los edificios de la acrópolis fueron arrasados por completo para reconstruir los Propileos, el Erecteion y el Partenón—todavía flanqueado por su sempiternos grúa y andamios. Hoy, Lord Byron puede descansar tranquilo. Los griegos se han reconciliado con su pasado clásico -aunque siguen celebrando con más pasión la caída del Imperio bizantino que la invención de la democracia Ateniense-, y millones de occidentales visitan el país cada año para gastarse su dinero, como Byron, en búsqueda de una civilización que ya no existe en un país que, en realidad, nunca la ha valorado.

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