Hasta hace muy poco Turquía era una «democracia tutelada» por el Ejército. El mismo Ejército protagonista del que pasará a los anales por ser el intento de golpe de Estado hecho con menos ganas de la Historia. El otro día un puñado de soldados sacaron los tanques. Fueron de un lado para otro como un pollo descabezado. ¡Sin atacar ni un sólo objetivo estratégico! Mientras el grueso de las Fuerzas Armadas del segundo ejército más grande de la OTAN observaba desde los cuarteles sin mover un sólo dedo. Con el presidente y medio cuerpo de funcionarios llamando a las televisiones en directo para decir que viva la democracia. Alguien declaró que se habían hecho con el control del país y se ve que debieron de creérselo. Pero al final se rindieron rápidamente cuando llegó un puñado de fanáticos descamisados. Los imanes desde los minaretes y el Presidente via SMS exhortaron a la población a la acción directa. Como en Filipinas. Para preservar el orden democrático, por lo visto, era razonable lanzarse en masa a las calles, sacar a los soldados a golpes, castigarlos a correazos, apalearlos y posar a pecho descubierto con los cadáveres para el Instagram. Lo que perdieron esa noche los laicistas no fue el golpe, fue el espacio público. Las masas con banderas han regresado a la plaza Taksim, pero esta vez no piden derechos y libertades, sino venganza y pena de muerte. ¡Dios es grande!

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El yihadista fofisano, homenaje a La Libertad guiando al Pueblo de Delacroix, 186 años después.

El Gobierno ha cesado y detenido ya a decenas de miles de personas. Pero, sorprendentemente, sigue sin saberse quién orquestó el teatrillo. Sin embargo, para el Presidente Erdoğan está muy claro. Los musulmanes ortodoxos se habían confabulado con los militares laicistas para dar el golpe. Lógicamente. Supongo. No preocuparse. Él sabe lo que se hace. Tiene experiencia. Lleva ya 13 años en el poder. Y ha desbaratado los planes del contubernio de «izquierdistas, ateos y terroristas». Sólo él puede salvar a la patria de sus enemigos internos y externos. Voz del Pueblo. Guardián de la Fe. Centinela de Oriente. El año pasado había que evitar a toda costa unas terceras elecciones. Los votantes optaron por la estabilidad y la «formación de un gobierno cuanto antes». Acertaron. Ahora disfrutan «cierta paz y orden». Se ha hablado mucho del milagro económico turco, pero poco del milagro político turco, y eso que Erdoğan, el sufí, ha conseguido la cuadratura del círculo: una república monárquica, una democracia autoritaria, una libertad represiva, una secularización islamista y una moderación extremista. Turkey is different! El Sultán ha visto cómo sus vecinos sucumben al islamismo, cómo toman fuerza los populismos xenófobos en Europa, cómo bulle el personalismo en EEUU, cómo Putin desafía impunemente a quien le da la gana, cómo en la UE se han anulado garantías constitucionales y cómo los gobiernos conservadores le ríen las gracias a la ultraderecha. ¡Pues él está haciendo lo mismo! ¿Acaso no es eso poner el país a la altura de los tiempos? En su momento se le consideró un moderado. Nah. Sólo era cauto. En esta legislatura ha alienado a sus aliados, atacado a sus vecinos, dividido al país y abandonado definitivamente la vía secular de modernización. Y su figura se resiente. Está perdiendo capacidad de convicción, ya no es un outsider prometedor, ahora necesita neutralizar a la oposición y alimentar el miedo. O se está con él o se está contra Turquía. Así de claro.

La gente vota a Erdoğan igual que deja de vacunar a sus hijos. No porque sean masocas, sino porque creen que existe una conspiración para aprovecharse de ellos. La ironía es exquisita, pues es evidente que no hace falta conspiración alguna para confundirles. Su sagaz instinto les empuja a tomar decisiones que acaban perjudicándoles a ellos, a sus hijos y a la sociedad en general. Ahora ya no es necesario leer más de un periódico para contrastar la información. Las instituciones están limpias de sediciosos. Y las Universidades públicas se han dotado de mezquitas para que los estudiantes no tengan que perder el tiempo en la Biblioteca. ¿Para qué leer más si hay un libro que contiene todas las respuestas? El modelo de Turquía ya no es precisamente Francia ni la UE, nido de paganos. Ni los islamistas de corbata se diferencian ya mucho de los de turbante. Ser un extremista no está mal visto. Y el Daesh son unos simpáticos guerrilleros antiimperialistas.

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«0% del club de los izquierdistas, ateos y terroristas»
«las mujeres son diferentes a los hombres»
«mi nombre es Erdoğan, la ğ es muda»
«la democracia es solo un tren al que subimos hasta que llegamos a nuestro destino»
2 de las 4 son ciertas. ¿Puedes adivinar cuáles?

Erdoğan ya no es sólo el nuevo Padre de los Turcos, sino el mismísimo Mahdi para la umma. Es un populista ejemplar. Un chico de provincias. De origen humilde. Se hizo a sí mismo. Creyente y practicante. No teme decir lo que piensa. Al fin y al cabo no es un burócrata. Ni un político. Él es sólo uno más. ¡Él es el pueblo! Dirige el timón económico del país con seguridad, pero sin garantías. Da igual si él y los suyos roban mientras a sus votantes les vaya algo mejor. La oposición son hoy tres partidos como los tres cerditos. Acobardados, asustados y escondidos con la esperanza de que el lobo se quede sin aire antes de volar su casita. Los periódicos son propaganda. Y el Ejército una caterva de minions. Pero el Sultán aún tiene dos problemas. No parece que vaya a conseguir cambiar la Constitución que le transfiera el poder ejecutivo. Al menos de momento. Y lo que es peor todavía: ya no le quedan enemigos externos importantes. Ni internos. Su estrategia de hacerse la víctima se está quedando sin cuerda. En tres años llegarán las elecciones, y que se refuerce y siga en el cargo dependerá de que ninguno de los partidos de la oposición se ponga las pilas y de que la economía siga mejorando. Dos factores que no puede controlar directamente. Por mucha gente que meta entre rejas. Ni por mucho que rece.  Necesita seguir siendo necesario. Necesita otra amenaza. ¡Aunque no exista! Necesita… una amenaza fantasma. A no ser… A no ser que de verdad pretenda provocar un conflicto internacional, claro. Convendría recordar aquella previsión de Bernard Lewis, especialista en la zona, ya en 2011: «en 10 años, Irán podría convertirse en Turquía y Turquía en Irán». Al tiempo.

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