23 de febrero

El calor hacía ondular el aire sobre la llanura. Sólo algún matojo interrumpía el monótono paisaje. Terroso. Marrón. Por un efecto óptico, el asfalto parecía mojado. Pero lo único que estaba mojado era su espalda. La única sombra a la vista era la del coche. Aparcado en el arcén. Sólo se oía el tintineo de las herramientas y el murmullo de la radio. Hasta que escuchó los disparos. «¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!». Se asomó por encima del capó para escuchar mejor y comprendió inmediatamente que se estaban cometiendo acciones o actitudes de personas que pretendían interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución, votada por el pueblo español, determinó en su día. Y la Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no podía tolerarlo. No había sido elegido democráticamente en un referéndum que le otorgaba la jefatura de Estado vitalicia e inmunidad jurídica permanente para vivir a cuerpo de rey, de viajes con amantes y de cacerías de safari. Poco más de la mitad de los españoles mayores de 18 años habían confiado en él. Y no les iba a defraudar. No iba a permitir que unos malandrines amenazaran la legalidad democrática y la Constitución. Cerró el capó y se limpió las manos con un trapo. Se despidió del dueño del coche y se alejó por el arcén. Se sentó en su moto, se puso los guantes, se colocó el casco, arrancó y desapareció entre la polvareda.

El rey Juan Carlos, acompañado por la reina Sofía, deposita su voto en el referéndum sobre la Constitución española, en 1978.
El candidato, eligiéndose a sí mismo (ya elegido por Dios y por Franco) y demostrando que “todos somos iguales ante la ley”. 

Mientras avanzaba a toda velocidad por el asfalto no podía dejar de pensar en Adolfo. Le había elegido a él como figura de consenso y había funcionado, porque todos le criticaban. A ese pobre macarra con ínfulas le habían dado hasta en el cielo de la boca. Los fachas por progre y los progres por facha. Era un mindundi. Una figura efímera, después de todo. Sería relegado a una nota a pie de página y olvidado por la Historia. Tal vez Calvo Sotelo tuviera más suerte. La carretera partía en dos la planicie. Por algún motivo las carreteras siempre le recordaban a Carlos. Carlos era un hombre de Estado. Pragmático. Sosegado. Y por eso le había retirado del Gobierno. Porque no compartía el idealismo del monarca electo que había vuelto a España  para salvar a la patria que tanto amaba.  Estaba tan comprometido con la causa que había sacrificado a su familia por ella. Su hermano no le volvió a hablar después de que le pegara un tiro en la cara por accidente. Y su padre era un rencoroso que nunca quiso perdonarle que le hubiera ganado en las elecciones. A pesar de la dificultad había traído la democracia. En una maleta. De contrabando. Tuvo que infiltrarse en el país sujeto debajo de un camión con una identidad falsa. Durante años se vio obligado a fingir que era otra persona durante el día, pero por las noches con su coche recorría los pueblos de España con su maleta.

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Manuel –la calle es mía– Fraga y una de sus “verdades sin condón”:”Los golpistas del 23-F estaban llenos de buena voluntad”.

El aire caliente le quemaba en los hombros. Faltaba poco para que el sol se ocultara tras la Sierra, al fondo. A la derecha ya se veía el aeropuerto. Por alguna razón esta zona siempre le recordaba a Santiago. Lo daba por muerto. Si la situación se ponía tensa en el Congreso, él tenía todas las papeletas. Se lo había buscado. Había sido un radical toda su vida, y se sabía que de joven había empleado la violencia, lo que prácticamente le convertía en un fascista. Y si había algo que no podía tolerarse ya en la nueva democracia española era el fascismo. Santiago no le daba pena, pero Felipe… A Felipe le admiraba. Íntegro e incorruptible. De ideología inquebrantable. Progresista. Era un modelo para España. Pero sólo tenía fuerza en la calle. La calle… ¡Manuel! Padre de la Constitución. Manuel había sido, tal vez, el hombre más comprometido con la democracia y la libertad que había en el país antes de su llegada. No había hombre más fiel a la causa. Si podía contar con alguien, era con él. De hecho, seguro que ya se estaba enfrentando a los golpistas. Anochecía, tenía que darse prisa. No había tiempo para sacar el Borbonmóvil. Llegaría a la Zarzuela a lomos de su fiel corcel. Con la capa ondeando al viento. Y detendría esta sinrazón con el discurso más elocuente que se hubiera escuchado nunca. Así aprenderían esos caballeretes que tamaña fechoría no podía a quedar impune. Su castigo sería ejemplar. Bíblico.

San Valentín

Ya hemos comentado en alguna ocasión que las fiestas que celebramos y creemos tan típicas de nuestra cultura, no son más que meras copias de prácticas anteriores retocadas por la Iglesia Católica para aprovechar el tirón. El día de los enamorados no es ninguna excepción. A nadie sorprenderá saber que es imitación de una fiesta romana. En concreto de la fiesta a la fertilidad: las Lupercalia. Aunque la fecha –ante diem XV Kalendas Martias, o sea, el 15 de febrero- sea similar, la fiesta distaba bastante de la actual. Los sacerdotes, «amigos del lobo», se reunían en la cueva del Palatino donde, según la tradición, Fauno -en forma de loba (Luperca)- había amamantado a Rómulo y Remo. Y la gente se reunía debajo de la higuera en la que se había encontrado a los gemelos cuando, como todos los grandes reyes de la Antigüedad, bajaban por el río en una cesta. Sacrificaban una cabra. Se ponían su sangre en la frente. Se la limpiaban con su leche. Se reían -normal, por otro lado-. Y comenzaba el fiestón. Los sacerdotes se desnudaban, se paseaban en procesión por las calles de Roma con látigos -de piel de la cabra y manchados con la sangre de la misma cabra- y se dedicaban a azotar las espaldas y manos de las mujeres que se prestaran. Un desfase, vamos. 

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Cupido. Que no tiene nada que ver con San Valentín ni con la Iglesia Católica. Por algún motivo se le representa como un bebé alado y armado. Rubio y blanco, con los ojos azules, por cierto.

Para la Iglesia Católica lo de azotar mujeres y narrar mitos incoherentes no planteaba ningún problema. Pero lo de tener a sacerdotes correteando desnudos por la ciudad, fustigando a mujeres para otorgar la fertilidad, ya era otra cosa. A finales del siglo V el Papa Gelasio prohibió la celebración. Decidió dedicar la fecha a un mártir ejecutado en el siglo III. ¿A cuál? El Papa eligió a un tal Valentín. ¿Y qué había hecho ese chaval -probablemente prepúber- por la Cristiandad? El buen Gelasio no lo tenía claro tampoco. Tenía tres mártires homónimos sin fiesta y se inclinó por celebrar a los tres y a ninguno. Decidió celebrar a “aquellos hombres cuyos nombres son reverenciados entre los hombres, pero cuyos actos verdaderos sólo los conoce Dios”. ¡Ahí es nada! Eso significa que Valentín podría ser un médico/sacerdote que casaba a soldados de extranjis o dos obispos con superpoderes. 

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San Valentín, muerto en el siglo III supervisa la construcción de su catedral en Terni en el siglo XIV. Ojito con los discípulos romanos del santo.

Las leyendas fueron creciendo alrededor de la fiesta y se empezó a celebrar como día del amor. A partir del siglo XV se puso de moda en las Cortes de Francia y Gran Bretaña. Y con el siglo XIX llegó el capitalismo y su carácter comercial. En el año 1969 la Iglesia católica decidió eliminar la celebración oficial. El Papado se preocupó por cribar el santoral para purgar las hagiografías demasiado legendarias -porque en los milagros algo de cierto hay, claro-. Aun así, la fiesta siguió siendo celebrada popularmente y por las Iglesias ortodoxa, anglicana y luterana. El santo sigue siendo «santo», aunque no se sepa quién es ni qué hizo. Y ahora, a principios del siglo XXI, tenemos 50 Sombras de Grey para celebrar el amor bueno, bueno. El de verdad.

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Dos querubines de verdad. Igual es menos romántico que el bebé ario alado…

Remontada georgiana


Los Hannover tuvieron la suerte de heredar las Islas Británicas en su mejor momento. Es cierto que la sucesión no fue del todo pacífica. Y que las luchas dinásticas continuaron algún tiempo. Pero fueron expediciones menores. Insignificantes en comparación con las revoluciones y guerras civiles del siglo anterior. Es más, tuvieron la inmensa suerte de que la gente, que pasaba bastante de ellos, pasara igualmente de los incansables intentos de restauración de los Estuardo. El resultado fue algo muy parecido a la estabilidad política. O, por lo menos, era lo más parecido que se había visto nunca en la zona. Una zona que había sido siempre periférica, considerablemente más pobre que el otro lado del Canal de la Mancha. Dividida en pequeños reinos, desangrados en constantes forcejeos y a menudo embrollados en los tejemanejes franceses. Por primera vez tenían un centro de poder casi incontestable: el Parlamento de Londres. 

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El Imperio Británico en su más tierna infancia (en azul). En este momento los grandes imperios eran el Otomano, el Mogol y el Qing. Y, por superficie, el español y el ruso.

Sus predecesores habían llegado demasiado tarde al reparto del pastel americano, así que sólo pudieron rascar un puñado de islas en el caribe, la bahía de Hudson y el tramo costero entre los imperios francés y español. Unos dominios bastante modestos, sí, pero mucho más densamente poblados de lo normal, porque a allí habían escapado cientos de miles de disidentes y refugiados durante las guerras civiles. También tenían una Compañía de las Indias Orientales con varios puestos comerciales en la India. Los Hannover heredaban un imperio pequeño con un papel internacional marginal. Pero bien ubicado y con todos los elementos para medrar: un rey débil, estabilidad interna, una administración centralizada, un banco nacional, colonias en diferentes climas, un ejército disciplinado y una flota. Y además, tenían la fortuna de encontrarse sobre una mina de oro -figurativamente hablando-: yacimientos enormes de carbón. -Que, de hecho, resultó bastante mejor que si hubiera sido de oro-.

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Carbón + algodón = la repanocha en bicicleta.

Recuperando una política exterior agresiva abandonada desde la Guerra de los Cien Años, los británicos demostraron rápidamente que su unión política era una potencia a tener en cuenta. Aunque no tanta como para intentar cualquier conquista seria en Europa. Daba igual. No lo necesitaban. El plan era el siguiente: aplastar a los bandoleros y a los piratas. Se dispararía el comercio, con el comercio pagarían las infraestructuras para que hubiera más comercio, con más dinero y un banco central podían pedir préstamos más grandes con menos interés para pagar a los soldados de forma regular y que fueran más disciplinados, y utilizarían a sus casacas rojas para expandirse fuera de Europa. Mientras tanto, mantenían a las otras potencias ocupadas, pagándoles para que se pegaran entre ellas y, casi siempre, con Francia. Lo que no estaba en el plan fue la combinación de suministro de algodón en crudo y mucho carbón, que disparó la Revolución Industrial. Pero tampoco les vino mal la sorpresa. Cuando murió el último de los Georges, el IV, ya había servicio regular de barcos de vapor en el Támesis. Y ese mismo año se inauguró la primera línea de transporte ferroviario interurbano: Machester-Liverpool. Para entonces el Imperio Británico dominaba Canadá, el Caribe, Sudáfrica, India y Australia. Era el principal socio comercial de la mayoría de los países. Se había convertido en el taller del Mundo. El number one en materia militar y económica. El primer policía global

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El Imperio Británico aún en su adolescencia (en azul). En este momento ya sólo había un gran imperio: el británico. Y por superficie, el Ruso, el Qing y el Otomano. Pero los británicos ya habían derrotado a esos tres y se habían zampado al Mogol.

Cada uno mejor que el anterior

El siglo XVIII llegó a las Islas -Británicas- una nueva dinastía: los Hannover. Georg Ludwig, Elector del Sacro Imperio Romano Germánico, fue el primero de ellos. Había seguido la muy noble tradición de casarse con su prima. Tuvieron dos hijos y unos cuantos amantes no compartidos. Su felicidad terminó cuando él mandó matar al amante de ella, se divorció y la encerró en aislamiento para el resto de su vida. El karma se lo recompensó. Fue proclamado George I, rey de Gran Bretaña e Irlanda. Una vez en el trono, al nuevo rey no se le bajaron los humos. Por supuesto, no aprendió inglés, nunca le interesó la política británica y dejó el gobierno a sus ministros. Las relaciones con su hijo fueron tan hostiles que el Príncipe de Gales estuvo encarcelado varias veces y acabó prestando su residencia como lugar de reunión a los opositores de su padre. George I murió como un gran monarca: de viaje. Fue enterrado junto a sus padres y bien lejos de su hijo.

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Geroge I. Tenía el perfil necesario: varón protestante de sangre azul.

Le sucedió su odiado hijo Georg August, George II. De su padre heredó el Trono británico y el Electorado de Hannover, el pasar de la política, las riñas familiares y la nariz -probablemente la papada también-. Su padre le metió en la cárcel y él desterró a su hijo. Pero tuvo mejor relación con su esposa, tanto que cuando ella murió le prometió no volver a casarse, se conformaría con amantes. Muchas. George II murió como un gran monarca: sentado en el trono. Cagando. Fue enterrado en Londres, bien lejos de su padre, pero junto a su hijo.

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Geroge II. Pelazo.

Heredó el trono el nietísimo y su nombre era -sorpresa, sorpresa- George William Frederick, George III. Fue el primer Hannover que nació en Gran Bretaña y que hablaba inglés como lengua materna. Es el hombre que más tiempo ha reinado en las Islas Británicas. Tanto tiempo que pudo ver el auge y caída del Primer Imperio Británico. Fue fiel a su esposa -o eso dicen- con quien tuvo 15 hijos. E intentó mantener la ficción de que el monarca todavía tenía algo que decir en política. Tenía fama de campechano -le llamaban “Farmer George“-. Pero si por algo se hizo famoso fue porque estaba como una regadera y meaba morado. Los doctores intentaron curar su locura con dosis de arsénico. Sin mucho éxito. En sus últimos años de vida y enfermedad decía que hablaba con los ángeles y estaba convencido de que un roble de su jardín era Federico Guillermo III de Prusia. Le saludaba todas las mañanas y mantenían largas conversaciones. En la Navidad de 1819 comenzó a hablar y 58 horas después calló cuando cayó en coma. Murió como un gran monarca: haciendo el ridículo.

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George III. El Felipe V de las Islas Británicas.

El hijo del rey loco, George Augustus Frederick, George IV, fue Príncipe de Gales durante 58 años, esperando a que su padre se muriera de una vez, pero no lo llamaban El Orejas, sino el Prince of Whales. George mantuvo la tradición familiar de llevarse mal con su progenitor e intentar involucrarse en política sin conseguirlo. El Príncipe se ganó una -merecida- fama de fiestero y derrochador. Fue «rescatado» por el Parlamento y por su padre en varias ocasiones. Tuvo amantes por un tubo. Acabó casándose en secreto con una católica -su matrimonio nunca fue reconocido oficialmente-. Sus continuas bancarrotas hicieron que los rescates llegaran con condiciones: que se casara con una protestante. El Príncipe accedió, pero el matrimonio fue un fracaso. George siguió con sus fiestas, amantes y derroches. Y los rescates continuaron. Cuando su padre murió heredó por fin el trono y celebró una cara y extravagante coronación, a la que prohibió asistir a su esposa. Desde entonces coleccionó enfermedades: edema, arteriosclerosis, porfiria, gota, cataratas, obesidad, dificultades respiratorias, un par de tumores y adicción al opio. Tenía que dormir sentado y los médicos le drenaban el estómago continuamente. No duró ni diez años de rey. Murió como un gran monarca: en espectáculo de vegüenza lamentable. Y con él se acabaron los George en el trono hasta el siglo XX. El último fue Colin Firth -¡qué hombre!-, pero ya es otra historia.

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George IV. El Fiestas.

It’s a Trump!

El 30 de enero de 1933 Paul von Hindenburg, presidente electo de la República alemana, nombró Canciller a Adolf Hitler. Al llegar la primavera, Alemania era ya una dictadura de partido único. Las instituciones fueron pervertidas. Las minorías religiosas y los inmigrantes, acusados de todos los males y recluidos en campos de concentración. La oposición, encarcelada. Y desde el primer momento se dirigió todo el poder del Estado a hacer Alemania grande otra vez. El paralelismo entre Trump y Hitler se viene señalando desde hace meses. Pero ni Trump tiene tanta fuerza como tuvo Hitler, al frente de un partido de masas enfervorecido y una fuerza paramilitar efectiva, ni los EEUU sufren unas instituciones tan endebles como las de la República de Weimar. No se molestó ni en cambiarse el nombre. Siguió llamándose oficialmente «Imperio Alemán» durante sus quince años de vida, delatando que su degeneración institucional era congénita. El primer presidente había utilizado a los paramilitares de ultraderecha para aplastar la revolución comunista, Hindenburg había ninguneado al Parlamento durante años, el ejercito amenazó desde el principio con un golpe de Estado y los funcionarios nunca abandonaron su fidelidad al Imperio. En realidad, la República de Weimar nunca había sido más que una pantomima. Y Hitler, el hombre adecuado en el lugar adecuado.

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«¡Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios! Eso quiere decir cuando os muráis, que no será dentro de mucho, porque os quitaré las ayudas sociales. De nada, eh?»

Es de esperar que los EEUU tuvieran más aguante en una situación similar. Al fin y al cabo son la democracia liberal más antigua del planeta. Han conservado la separación de poderes y  el orden social durante más de dos siglos. Sin una sola revolución ni un golpe de Estado y una única Guerra Civil. En estos momentos, aunque el gobierno haya sido prácticamente privatizado por una camarilla de villanos digna de la saga de James Bond dirigida por un multimillonario acomplejado y gritón, no hay indicio alguno de que vayan a poner en riesgo la supervivencia de la República. Con toda seguridad las instituciones quedarán emponzoñadas y desacreditadas, pero podrán recuperarse. Los mayores damnificados serán las clases bajas, que perderán sus ayudas sociales y poder adquisitivo. Deberían temer una más que previsible gestión desastrosa para los EEUU y los estadounidenses, pero muy lucrativa para el Donald y sus amiguetes. Además, existe el peligro de que la ponzoña del primer presidente naranja de los Estados Unidos de América intoxique el orden mundial. Si al final cumple alguna de sus promesas -y eso si es que consigue eludir el impeachment que le sobrevuela desde mucho antes de jurar el cargo-, sus pretensiones aislacionistas y su coqueteo con la autarquía provocarían una incertidumbre de proporciones cósmicas en el equilibrio de poder global. Adentrándonos en territorio desconocido.

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Cuando la gente compara a Donald Trump con Adolf Hitler. Adolf Hitler: mató millones de personas. Donald Trump: dijo cosas malas.”

Los EEUU heredaron el cargo de policía global del Imperio británico tras la II Guerra Mundial y, desaparecida la URSS, no queda quien les reemplace. No sabemos qué nos depararía el Americexit. Quizás nada malo porque, de hecho, prácticamente los únicos países agresores de las últimas dos décadas han sido los propios EEUU et alii. (Las intervenciones rusas y chinas han sido cuestiones meramente fronterizas). La retirada del policía global significaría, técnicamente, una carta blanca para políticas expansionistas. Sin embargo, hoy por hoy no hay en el mundo ningún gobierno bajo sospecha de esas intenciones. La última vez que el policía global fue incapaz de cumplir con su papel se desataron dos guerras mundiales en apenas una generación. Tal vez no sea así esta vez. Y tal vez el gobierno de Washington no abandone de golpe su papel. Eso sí, si los EEUU se repliegan económicamente entregarán el Pacífico a China. Japón, Corea del Sur, Taiwán y Australia tendrán que replantearse sus alianzas. Sería un golpe mortal para la Pax Americana. Y no sabemos cómo afectaría su final a una Unión Europea inerme y ya bastante tensa.

Estofado de bebés con salsa Guinness

En otras ocasiones os hemos deleitado con recetas de cocina especiales y hoy os traemos una propuesta para el nuevo año. Un plato que, como bien decía Jonathan Swift, “hará dos fuentes en una comida para los amigos, y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable. Y hervido y sazonado con un poco de pimienta y sal, resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno”. ¿Qué mejor manera de empezar el año? Es posible que así, en frío, el nombre de Jonathan Swift no os suene de nada. Pero cualquier irlandés al que preguntéis sabrá identificarlo como el pionero de su literatura nacional y autor de Los Viajes de Gulliver (Viajes por varias naciones remotas del mundo; en cuatro partes, por Lemuel Gulliver; primero cirujano y después capitán de diversos buques). Cayó en desgracia y acabó «auto» exiliándose al peor sitio imaginable. A un nido de ratas. A su Dublín natal. Donde sus amistades le colocaron de deán en la Catedral de San Patricio -quien tiene padrino se casa-, una catedral secundaria y sin más importancia que la simbólica.

El rey de Brobdingnag le comenta a Gulliver -británico y explorador, paradigma del Imperio- que es uno de los seres más perniciosos que ha conocido en su vida.

Y aquí, ansioso lector, llega la propuesta de comilona. En Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público Swift afirmaba haber encontrado la solución contra el problema del hambre y la pobreza en Irlanda. El problema estaba claro: había demasiados niños pobres por la isla y “no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura (…) y ellos raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados”. Además, “un muchacho (…) no es mercancía vendible antes de los doce años”. La solución era fácil: cada año, un porcentaje de los niños de un año de edad, “regordetes y mantecosos”, podían “ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del Reino”. Para los escépticos, Swift afirmaba que un conocido suyo de origen estadounidense le había asegurado que “un tierno niño saludable y bien criado constituye, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y sano, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y yo no dudo que servirá igualmente en un fricasé o en un guisado”.

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La obra en cuestión.

Las ventajas de este régimen se presentaban numerosas. Para Irlanda: menos niños pobres significaría menos niños católicos “que nos infestan anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos”, “el tesoro nacional se verá incrementado” y, al ser producto nacional, “el dinero no saldrá del país”. Para los pobres: podrían “pagar su renta al terrateniente” sin recurrir a la mendicidad. Para los ricos: se introduciría un nuevo plato “en las mesas de todos los caballeros de fortuna del Reino que tengan algún refinamiento en el gusto”. Para la moral cristiana: “constituirá un gran estímulo para el matrimonio”. Para los hijos: “aumentaría el cuidado y la ternura de las madres”. Para las mujeres: “los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas (…) y no las amenazarían con golpearlas o patearlas”. Para las madres: “las reproductoras perseverantes se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año”. Y para los negocios: “atraerá una gran clientela a las tabernas”. Se mire por donde se mire la solución propesta por Swift es un win win. 

Eeeeh… No (3) (Religión)

«Los Evangelios dan testimonio de la vida de Jesús». Eeeeh… No. Sin entrar a cuestionar la existencia de Jesús -de la que no hay prueba histórica alguna-, el Nuevo Testamento es una compilación de compilaciones… varias décadas posterior. Sin más credibilidad histórica que las novelas de J.K. Rowling. Tres se parecen bastante. Los atribuidos -sin pruebas concluyentes- a Mateo, un recaudador de impuestos obsesionado con el dinero, Marcos, un judeocristiano que escribe para los judíos, y Lucas, un judío helenizado que escribe para los gentiles -los grecoparlantes-. Y luego está el remake de Juan, que es… psicodélico. Cuentan, en griego, la vida, muerte y resurrección de un judío, que daba discursos en arameo, en el protectorado romano de Judea. La cosa es que Dios Padre envió a su Hijo, que era él mismo o no, a que naciera de una Virgen que inseminó por ciencia infusa el Espíritu Santo, que era una paloma o unas lenguas de fuego y que también era a la vez el Padre y el Hijo, para que lo mataran porque una serpiente parlante engañó a una mujer para que convenciera a un hombre de comerse el fruto del único árbol del que tenía prohibido comer, aunque Dios ni siquiera se hubiera enterado si no se hubieran tapado los genitales con unas hojas de parra. Se entiende bien, ¿no?

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“¡Señora, ha llegado el predicador! ¡Lo mismo le resucitamos un pariente que le arreglamos una mesita de noche! ¡Aproveche la ocasión!”

«Jesús nació el 25 de Diciembre». Eeeeh… No. Los Evangelios no son muy específicos al respecto. Ni coherentes, ya que estamos. José y María venían de Nazaret a Belén por el censo de Augusto o ya vivían allí. El ángel se le apareció a José o a María. Al niño le visitan los magos de Oriente o le adoran los pastores. El famoso cuento popular es una mezcla entre las versiones de Mateo y Lucas. El año tendría que ser entre el 8 a.C. (año del censo de Augusto) y el 4 a.C. (año de muerte de Herodes). Pero sobre la fecha en cuestión no dan ninguna pista. Que ese año nevara en Judea hubiera sido mucha casualidad. ¡Pero que hubiera habido pingüinos y osos polares habría sido el verdadero milagro! Probablemente se escogió la fecha en cuestión porque ya se usaba. El 25 de diciembre se celebraba el nacimiento de Mitra, hijo de una virgen y adorado por pastores. El mitraísmo era una religión en auge. Y seguramente había elegido ese día porque ya se usaba antes. Eran las Saturnalia romanas.

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Belén en la vida real. Menos bucólico que el de tu casa.

«Moisés escribió el Antiguo Testamento». Eeeeh… No. Sin entrar a cuestionar la existencia de Moisés -de la que no hay prueba histórica alguna-, el Antiguo Testamento -y la Torá- es una compilación de compilaciones de distintas épocas… siete siglos posterior a los tiempos de Moisés. Y escrita en Babilonia. Según la tradición, el texto se lo reveló Dios en una montaña y luego Moisés lo escribió todo tal cual, las mil y pico páginas con puntos y comas, en sus ratos libres, cuando no andaba hablando con zarzas, mandando plagas, abriendo los mares, repartiendo mandamientos o ayudando a Dios a cometer un genocidio. No olvidó escribir, por cierto, el episodio de su propia muerte, a la avanzada edad de 120 años. Después de putear al pueblo egipcio de todas las formas que se le ocurrieron, exterminar al ganado y masacrar a todos los primogénitos, rescató a su pueblo para forzarlo a vagar por el desierto hasta aniquilar a toda una generación. Y no pudo entrar a la Tierra Prometida. A lo mejor porque llevaba zapatillas o algo.

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“¡Mecagüen to’ lo alto! ¿Quién me mandaba a mí hacerle caso a un conato de incendio forestal parlante?”