Eeeeh… No (4) (Religión)

«No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta». Eeeeh… No. Esa es la profesión de fe islámica. Y hay que reconocer que es bastante más sencilla, concreta y comprensible que la católica, por ejemplo. Pero así dicha es una traducción de mala fe. -Obsérvese el astuto juego de palabras-. Alá significa “Dios”. No es un nombre propio, como se suele insinuar para diferenciarlo del otro dios. Del de aquí. Del de toda la vida. Pero no sólo es el mismo concepto, sino que es el mismo personaje de la misma saga. En la primera temporada lo llamaban Yahvé. En la segunda Theos. En la tercera Alá. Pero son el mismo ente todopoderoso, omnisapiente, omnipresente e invisible con la excéntrica costumbre de comunicarse a solas con hombres solitarios en sitios a desmano por medio de una zarza ardiente o del correveidile oficial del Reino de los Cielos: el Arcángel Gabriel.

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¡ATENCIÓN! Si cree que esta es la imagen de un falso profeta, un profeta o un Dios, podría usted formar parte de la comunidad de creyentes judeo-cristiana-musulmana.

«Mahoma escribió el Corán». Eeeeh… No. Dificilmente. Sin entrar a cuestionar la existencia de Mahoma -de la que no hay prueba histórica alguna-, oficialmente murió en 632, pero el Corán no se compiló hasta 650-656. Y además se dice que era analfabeto. Según la tradición, Dios ponía al corriente al Arcángel Gabriel, Gabriel bajaba a la montaña a la que había subido Mahoma y le trasladaba el último parte divino; entonces Mahoma bajaba de la montaña y les contaba a sus followers lo que fuera que Gabriel dijera que Dios le había dicho. Cuando murió Mahoma se armó revuelo porque ya nadie se acordaba bien de lo que Mahoma había estado contado que Gabriel había dicho que le dijo Dios. Ni había un plan de sucesión. Primero le sucedió su suegro, pero lo asesinaron. Y luego su otro suegro, pero lo asesinaron. Entonces le sucedió su tío bisabuelo, que ordenó una compilación de las revelaciones que recordaran los mahomeliebers, mandó destruir todas las otras versiones que hubiera en circulación, y lo asesinaron. Le sucedió el primo-yerno, a quien -previsiblemente-también asesinaron. En un alarde de optimismo desmedido, son conocidos como los «cuatro Califas perfectos». Y juegan un papel parecido al de los cuatro evangelistas canónicos del cristianismo.

«Los musulmanes odian a Jesús». Eeeeh… No. Mahoma es sólo el último profeta del Islam, pero los musulmanes reconocen a los demás profetas judíos anteriores. Es una larga lista con nombres familiares como Abraham, Moisés… y Jesús, claro. De hecho, esperan su vuelta a Jerusalén para juzgar a vivos y muertos en el Jucio Final. Y ya que hablamos del tema, no sólo tienen en gran consideración a la Virgen María, sino que comparten con los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción (y el de la Virginidad de la Virgen).

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«- Hola, que vengo a decir que sí, que soy la Inmaculada Concepción.
-¿Y por ke me cuenta esto a mi y no al Papa?
-Para que te espabiles, chavala, que yo a tu edad ya tenía un hijo. Y era Dios.
-¡Callate, pava, ke ya he follado más que tú!»

«La Inmaculada Concepción es que Jesús nació de una Virgen». Eeeeh… No. Eso es otro dogma, el del Nacimiento Virginal, común a todas las confesiones cristianas y musulmanas. La Inmaculada Concepción significa que la Virgen fue “sin pecado concebida”. Sin pecado original, se sobreentiende. No sin pecado contra el sexto mandamiento. ¡La cópula marital procreativa no es pecado! La creencia en esta excepcional condición de los genitales marianos estaba extendida entre las élites ibéricas desde la Tardoantigüedad, pero el Vaticano no la reconoció oficialmente hasta 1854. Que la propia Virgen se apareciera en Lourdes pocos años después para decirle a una chica que era la Inmaculada Concepción fue muy conveniente para popularizar el recién estrenado dogma.

«Los Diez Mandamientos». Eeeeh… No. Se conoce que alguien se hizo un lío. Porque el Éxodo y el Deuteronomio no se ponen de acuerdo. En los dos casos las tablas que Moisés bajó del monte llevaban inscritos trece mandamientos. Más o menos parecidos. Consciente de la tendencia a la redundancia y de la pobreza expresiva propias del Altísimo, la tradición católica los condensó en diez. Que es un número más digno. En un ejercicio de eficiencia salomónica San Mateo los sintetizó en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Esta labor de simplificación es de agradecer, porque se ve que Dios es bastante tiquismiquis y el Pentateuco/Torá acumula un total de 613 mandamientos divinos. Pero tu madre te los sabía destilar en uno solo: «pórtate bien».

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«¡Pero si han empezado la barbacoa sin mí! ¡Mecagoenmicalavera!»

«El Islam prohíbe representar seres vivos». Eeeeh… No. El Corán no dice nada de eso. El famoso anaconismo islámico es más bien un préstamo judaico. Y, de hecho, sólo se ha respetado sistemáticamente en los templos. Es verdad que, como los judíos, no representan a Dios. Pero -dejando a un lado a los caricaturistas modernos- en frescos, relieves y manuscritos sí se pueden encontrar representaciones de plantas, animales, personas ¡e incluso del propio Mahoma! Aunque normalmente al pobre hombre le pixelaban la cara.

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«-Por favor una persona amable que me explique la diferencia entre judaísmo y cristianismo.
-Eeeeeh… No la sabemos bien, Maestro.
-Pues montaremos nuestra propia versión. ¡Con casinos! ¡Y furcias!».
Mahoma dando un sermón en un manuscrito iraní.

Ilustración en Vestigios del Pasado, de al-Biruni, siglo XIII.

¿Por qué ganó ROMA y no Cartago?

Aníbal atravesó los Alpes con sus elefantes y entró en el valle del Po al frente de una hueste veterana y endurecida. Derrotó un primer ejército romano y liberó la Galia Cisalpina. Los galos y ligures de la zona se unieron a él y juntos derrotaron un segundo ejército romano, mayor que el primero. Entonces se abalanzó hacia el Sur, atravesó la península Itálica y derrotó un tercer ejército romano todavía mayor que los anteriores. Algunos itálicos y helenos se unieron al cartaginés. Persistente, Roma reclutó tres nuevos ejércitos, pero esta vez, en lugar de lanzarlos contra el invasor, los envió fuera de Italia. Uno a Hispania, para distraer a los Barqa. Otro a Sicilia, contra las tropas de Cartago y Siracusa. Y un tercero a Macedonia, aliada de los Barqa. El objetivo era aislar a Aníbal. Y funcionó. Pero seguía en Italia. Invicto. Roma, impasible, reclutó otros tres ejércitos más. Uno para hostigar a Aníbal y retomar la Magna Grecia, otro para desmantelar definitivamente el bastión de los Barqa en Hispania y un tercero para atacar la propia Cartago. ¡Nueve ejércitos en quince años! Roma envió infatigablemente a casi un millón de hombres a combatir en seis escenarios diferentes por todo el Mediterráneo: Hispania, Galia Cisalpina, Italia, Sicilia, África y la Hélade; contra otro millón de hombres del protectorado ayshfaní de los Barqa y sus aliados. Dos millones de personas luchando por medio Mediterráneo convierten a la Segunda Guerra Púnica, probablemente, en el conflicto de mayor envergadura de la Historia. Ganó Roma. De nuevo. Esta vez se quedó Hispania y estableció un protectorado en Numidia.

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La Segunda Guerra Púnica o la Segunda Guerra Rumí, según cómo se mire, se luchó en Hispania, Galia Cisalpina, Italia, África y Grecia.

Al terminar cada guerra, Roma se hacía más fuerte y Cartago más débil. En total lucharon 118 años por el control del Mediterráneo Occidental. Al final Cartago despareció del mapa, mientras que Roma había establecido un imperio por todo el Mediterráneo Occidental. La victoria en las Guerras Púnicas impulsó la expansión del Imperio hacia la Europa bárbara, más allá de los puestos avanzados kn’ny y helenos, y su penetración hacia el Asia civilizada, al este del Mediterráneo. Lo que había empezado como una riña secundaria entre dos repúblicas emergentes en la periferia de los Reinos Helenísticos, había terminado en el establecimiento de una potencia sin parangón. Irónicamente, los Reinos Helenísticos habían languidecido hasta convertirse ahora en pequeños reinos periféricos de Roma. Le había dado la vuelta a la tortilla.

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«¿Quién es el periférico ahora, eh?».
Sólo el Imperio de los Partos resistió la expansión de Roma.

Sin embargo, Roma y Cartago no eran tan diferentes. Ambas habían colonizado grandes extensiones agrícolas. Las dos tenían una tradición militarista y habían sometido a sus vecinos. Ambas eran repúblicas bicamerales con una jefatura colegiada anual. Y las dos estaban divididas entre pueblo y aristocracia. Pero algo las hacía diferentes. ¡Al terminar la Segunda Guerra Púnica Cartago había estado a punto de destruirse a sí misma sin perder una sola batalla! Cuando firmó la paz su imperio se desintegró. Derrotada, no por las legiones romanas, sino por las malas finanzas y la falta de lealtad. Abandonó Sicilia con su ejército invicto, sólo para que se rebelara por impago y sitiara la propia Cartago. Los pueblos sometidos se rebelaron, las ciudades aliadas se rebelaron y las guarniciones en Cerdeña y Córcega se rebelaron. Cartago perdió su imperio de un plumazo no por incapacidad militar, sino por pura disensión interna. No obstante, se recuperó muy rápido y se las apañó para hacerse un nuevo imperio en la península Ibérica. Y los romanos se llevaron un susto de muerte en la segunda ronda cuando Aníbal apareció en Italia con sus elefantes y aniquiló cuatro legiones. ¡Después de todo, Cartago no lo debía de estar haciendo tan mal si sobrevivió dos embestidas de Roma y aún tuvo fuerzas para resistir durante dos años a la ofensiva final!

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«Abran la puerta, sólo queremos hablar. ¿Han oído ustedes sobre nuestra República?».

Aun así, Roma ganó tres veces y Cartago ninguna. ¿Por qué? Porque tenían una diferencia fundamental. De matiz, sí, pero crítica. La República Romana era más eficiente. Sabía cómo recaudar más dinero y reclutar más tropas. De hecho, los romanos ganaban sus guerras de expansión por agotamiento del contrario. Eran capaces de enviar flota tras flota y ejército tras ejército hasta arrollar a sus enemigos por mera insistencia. ¡Aunque ganó la mayoría de las batallas Cartago no podía ganar por la fuerza! Pero es que, además, Roma tenía una administración más eficaz. Los pueblos sometidos sabían que bajo dominio romano vivían mejor. Una vez sofocada la resistencia inicial -y por sofocada me refiero al exterminio de millones de personas y animales- la administración romana se probó la mejor bajo la que cualquier pueblo sometido había vivido jamás. El ejército necesitaba puertos y carreteras, que podían utilizar también los mercaderes, abaratando los costes de transporte. Así que había disponibles más productos y más baratos. Cuando podía, la ley perseguía la injusticia y la corrupción. ¡Cicerón se hizo famoso persiguiendo políticos corruptos! Los bandidos y los piratas fueron dispersados. Y quien sirviera a la República podía obtener la ciudadanía. Cuando Aníbal invadió Italia y la supervivencia de Roma pendía de un hilo, no fue su superioridad militar la que la salvó -pues fue incapaz de derrotar a Aníbal-, sino la rutinaria y tediosa tarea diaria de la Administración pública. 

«Necesité tres años en el cargo. El primero para robar lo suficiente para hacerme rico, el segundo para robar lo suficiente para contratar buenos abogados y el tercero para robar lo suficiente para sobornar al juez y al jurado».

Gayo Verres, gobernador de Sicilia de 73 a 71 a.C.

«Declaramos que Gayo Verres, además de haber cometido muchas arbitrariedades y muchas crueldades contra ciudadanos romanos y aliados y muchos sacrilegios contra los dioses y los hombres, se ha llevado ilegalmente de Sicilia cuarenta millones de sestercios. Os presentaremos esto con testimonios, documentos privados y registros públicos de forma tan manifiesta que quedaréis convencidos de que, aunque hubiésemos tenido tiempo y días disponibles, para hablar a nuestra comodidad, no habría sido, con todo, necesario en ningún modo un discurso largo. He dicho».

Marco Tulio Cicerón, saltó a la fama cuando ganó el juicio contra Verres.

AI KE RREFORMAR URJENTEMENTE LA ORTOGRAFIA

¡Es algo en lo ke estaremos todos de akuerdo! Exzepto, tal bez, los más nostaljicos. ¿Ké sentido tiene mantener, cabezudamente, semejante maraña inexkusable de normas i exzepziones? La unika justifikazion posible es el klasismo. El klasismo i la sokarroneria de kienes eskriben -o kreen eskribir- mejor ke los demás por el mero eco de ser kapazes de rekordar en kada kaso ké grafema korresponde a un mismo fonema, o dónde ir kolokando letras mudas. La ortografia es el tamiz para diferenziar de un bistazo á los «educados» de los «iletrados». Es una kriba interesante, porke no se aplica de forma tan radikal a los fayos sintaktikos o gramatikales. Y en la mayoria de los kasos se ignora por kompleto el kontenido del texto en kuestion. ¿En ké es mejor un texto eskrito kon una ortografia perfecta si no es koerente o el kontenido es absurdo o innezesario? Ademas, ese desden no se aplika a otras materias. ¿Alguien se imajina un desprezio semejante azia kienes no dominan, por ejemplo, los arkanos saberes de la zienzia matematika? ¿O la kimica? «¡Menudo paleto, no sabe kalkular una integral ni rekuerda las balenzias del oxijeno!» Ni sikiera se aplika el mismo rasero en materias de umanidades o konozimiento jeneral. «¡Ké bruto, a konfundido Aristoteles kon Platon!»  La ortografía no debe serbir para justifikar el desprezio azia los «analfabetos» ke, espantados por una ostilidad absolutamente desproporzionada, kedan relegados komo parias de la literatura. ¿Kién no a sufrido alguna bez en sus propias karnes la angustia de deskubrirse abiendo kometido algun gazapo? Si keremos demostrar ke el proposito prinzipal de la eskritura es la komunikazion y no una exibizion elitista, tenemos ke empezar por fazilitarla.

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¡Uf! Sobra en, bosque y mediterráneo no llevan mayúscula y faltan las tildes de dónde y mediterráneo. No seas paleto.
«
¿Aún no sabes dónde está el mayor boske mediterraneo de España? No seas paleto. Ben a Extremadura.»

Para empezar se kitan los azentos grafikos si no tienen funzion diakritica. ¿Dónde está la dificultad en leer correctamente lakoniko, mitiko kamion aunque no lleven la tilde? Y aora bamos kon las letras. Se pronunzia be igual la b y la v. ¿Para ké preserbar, entonces, la v? Se akabó el apartheid de erbir, serbir i bibir. ¿Por ké insistimos en poner la u tras la y la si luego la bamos a ignorar? Zegeragerra, gía i agila. Porke la g i la j suenan igual i diferente. La g suena g delante de a, o i u, pero a la imbersa delante de e e i¡Pues ke la g suene siempre g y, donde no, sea j! Komo gajo, agijon jente. La q no sirbe para nada. ¿I la h? ¿Algien ecaria de menos a la h? ¡Yevamos siglos ablando sin eya! Ablar, alcon i zanaoria.  Y la konzentra tres sonidos diferentes: kz y ch. Si eskiribimos el sonido con la y el z con la z, la puede serbir de ch aora ke ya no tenemos h. Konzéntriko, zirkular i kukaraca. Si hi- hu- son consonantes, se eskriben kon konsonantes: yerro, yelo, gueso, guevo; ¡komo se aze ya con yerba! La y, si suena i, se pone i; i donde no, sustituye a la llKabayo, yorar i yubia. I el uniko kable ke keda suelto es la r. Se a sujerido ke siempre ke suene fuerte se eskriba rr, ¡pero es ke kasi siempre suena fuerte! Por mí, la r puede kedarse komo está. Ke tampoko es tan difizil.

23 de febrero

El calor hacía ondular el aire sobre la llanura. Sólo algún matojo interrumpía el monótono paisaje. Terroso. Marrón. Por un efecto óptico, el asfalto parecía mojado. Pero lo único que estaba mojado era su espalda. La única sombra a la vista era la del coche. Aparcado en el arcén. Sólo se oía el tintineo de las herramientas y el murmullo de la radio. Hasta que escuchó los disparos. «¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!». Se asomó por encima del capó para escuchar mejor y comprendió inmediatamente que se estaban cometiendo acciones o actitudes de personas que pretendían interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución, votada por el pueblo español, determinó en su día. Y la Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no podía tolerarlo. No había sido elegido democráticamente en un referéndum que le otorgaba la jefatura de Estado vitalicia e inmunidad jurídica permanente para vivir a cuerpo de rey, de viajes con amantes y de cacerías de safari. Poco más de la mitad de los españoles mayores de 18 años habían confiado en él. Y no les iba a defraudar. No iba a permitir que unos malandrines amenazaran la legalidad democrática y la Constitución. Cerró el capó y se limpió las manos con un trapo. Se despidió del dueño del coche y se alejó por el arcén. Se sentó en su moto, se puso los guantes, se colocó el casco, arrancó y desapareció entre la polvareda.

El rey Juan Carlos, acompañado por la reina Sofía, deposita su voto en el referéndum sobre la Constitución española, en 1978.
El candidato, eligiéndose a sí mismo (ya elegido por Dios y por Franco) y demostrando que “todos somos iguales ante la ley”. 

Mientras avanzaba a toda velocidad por el asfalto no podía dejar de pensar en Adolfo. Le había elegido a él como figura de consenso y había funcionado, porque todos le criticaban. A ese pobre macarra con ínfulas le habían dado hasta en el cielo de la boca. Los fachas por progre y los progres por facha. Era un mindundi. Una figura efímera, después de todo. Sería relegado a una nota a pie de página y olvidado por la Historia. Tal vez Calvo Sotelo tuviera más suerte. La carretera partía en dos la planicie. Por algún motivo las carreteras siempre le recordaban a Carlos. Carlos era un hombre de Estado. Pragmático. Sosegado. Y por eso le había retirado del Gobierno. Porque no compartía el idealismo del monarca electo que había vuelto a España  para salvar a la patria que tanto amaba.  Estaba tan comprometido con la causa que había sacrificado a su familia por ella. Su hermano no le volvió a hablar después de que le pegara un tiro en la cara por accidente. Y su padre era un rencoroso que nunca quiso perdonarle que le hubiera ganado en las elecciones. A pesar de la dificultad había traído la democracia. En una maleta. De contrabando. Tuvo que infiltrarse en el país sujeto debajo de un camión con una identidad falsa. Durante años se vio obligado a fingir que era otra persona durante el día, pero por las noches con su coche recorría los pueblos de España con su maleta.

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Manuel –la calle es mía– Fraga y una de sus “verdades sin condón”:”Los golpistas del 23-F estaban llenos de buena voluntad”.

El aire caliente le quemaba en los hombros. Faltaba poco para que el sol se ocultara tras la Sierra, al fondo. A la derecha ya se veía el aeropuerto. Por alguna razón esta zona siempre le recordaba a Santiago. Lo daba por muerto. Si la situación se ponía tensa en el Congreso, él tenía todas las papeletas. Se lo había buscado. Había sido un radical toda su vida, y se sabía que de joven había empleado la violencia, lo que prácticamente le convertía en un fascista. Y si había algo que no podía tolerarse ya en la nueva democracia española era el fascismo. Santiago no le daba pena, pero Felipe… A Felipe le admiraba. Íntegro e incorruptible. De ideología inquebrantable. Progresista. Era un modelo para España. Pero sólo tenía fuerza en la calle. La calle… ¡Manuel! Padre de la Constitución. Manuel había sido, tal vez, el hombre más comprometido con la democracia y la libertad que había en el país antes de su llegada. No había hombre más fiel a la causa. Si podía contar con alguien, era con él. De hecho, seguro que ya se estaba enfrentando a los golpistas. Anochecía, tenía que darse prisa. No había tiempo para sacar el Borbonmóvil. Llegaría a la Zarzuela a lomos de su fiel corcel. Con la capa ondeando al viento. Y detendría esta sinrazón con el discurso más elocuente que se hubiera escuchado nunca. Así aprenderían esos caballeretes que tamaña fechoría no podía a quedar impune. Su castigo sería ejemplar. Bíblico.

San Valentín

Ya hemos comentado en alguna ocasión que las fiestas que celebramos y creemos tan típicas de nuestra cultura, no son más que meras copias de prácticas anteriores retocadas por la Iglesia Católica para aprovechar el tirón. El día de los enamorados no es ninguna excepción. A nadie sorprenderá saber que es imitación de una fiesta romana. En concreto de la fiesta a la fertilidad: las Lupercalia. Aunque la fecha –ante diem XV Kalendas Martias, o sea, el 15 de febrero- sea similar, la fiesta distaba bastante de la actual. Los sacerdotes, «amigos del lobo», se reunían en la cueva del Palatino donde, según la tradición, Fauno -en forma de loba (Luperca)- había amamantado a Rómulo y Remo. Y la gente se reunía debajo de la higuera en la que se había encontrado a los gemelos cuando, como todos los grandes reyes de la Antigüedad, bajaban por el río en una cesta. Sacrificaban una cabra. Se ponían su sangre en la frente. Se la limpiaban con su leche. Se reían -normal, por otro lado-. Y comenzaba el fiestón. Los sacerdotes se desnudaban, se paseaban en procesión por las calles de Roma con látigos -de piel de la cabra y manchados con la sangre de la misma cabra- y se dedicaban a azotar las espaldas y manos de las mujeres que se prestaran. Un desfase, vamos. 

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Cupido. Que no tiene nada que ver con San Valentín ni con la Iglesia Católica. Por algún motivo se le representa como un bebé alado y armado. Rubio y blanco, con los ojos azules, por cierto.

Para la Iglesia Católica lo de azotar mujeres y narrar mitos incoherentes no planteaba ningún problema. Pero lo de tener a sacerdotes correteando desnudos por la ciudad, fustigando a mujeres para otorgar la fertilidad, ya era otra cosa. A finales del siglo V el Papa Gelasio prohibió la celebración. Decidió dedicar la fecha a un mártir ejecutado en el siglo III. ¿A cuál? El Papa eligió a un tal Valentín. ¿Y qué había hecho ese chaval -probablemente prepúber- por la Cristiandad? El buen Gelasio no lo tenía claro tampoco. Tenía tres mártires homónimos sin fiesta y se inclinó por celebrar a los tres y a ninguno. Decidió celebrar a “aquellos hombres cuyos nombres son reverenciados entre los hombres, pero cuyos actos verdaderos sólo los conoce Dios”. ¡Ahí es nada! Eso significa que Valentín podría ser un médico/sacerdote que casaba a soldados de extranjis o dos obispos con superpoderes. 

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San Valentín, muerto en el siglo III supervisa la construcción de su catedral en Terni en el siglo XIV. Ojito con los discípulos romanos del santo.

Las leyendas fueron creciendo alrededor de la fiesta y se empezó a celebrar como día del amor. A partir del siglo XV se puso de moda en las Cortes de Francia y Gran Bretaña. Y con el siglo XIX llegó el capitalismo y su carácter comercial. En el año 1969 la Iglesia católica decidió eliminar la celebración oficial. El Papado se preocupó por cribar el santoral para purgar las hagiografías demasiado legendarias -porque en los milagros algo de cierto hay, claro-. Aun así, la fiesta siguió siendo celebrada popularmente y por las Iglesias ortodoxa, anglicana y luterana. El santo sigue siendo «santo», aunque no se sepa quién es ni qué hizo. Y ahora, a principios del siglo XXI, tenemos 50 Sombras de Grey para celebrar el amor bueno, bueno. El de verdad.

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Dos querubines de verdad. Igual es menos romántico que el bebé ario alado…

Remontada georgiana


Los Hannover tuvieron la suerte de heredar las Islas Británicas en su mejor momento. Es cierto que la sucesión no fue del todo pacífica. Y que las luchas dinásticas continuaron algún tiempo. Pero fueron expediciones menores. Insignificantes en comparación con las revoluciones y guerras civiles del siglo anterior. Es más, tuvieron la inmensa suerte de que la gente, que pasaba bastante de ellos, pasara igualmente de los incansables intentos de restauración de los Estuardo. El resultado fue algo muy parecido a la estabilidad política. O, por lo menos, era lo más parecido que se había visto nunca en la zona. Una zona que había sido siempre periférica, considerablemente más pobre que el otro lado del Canal de la Mancha. Dividida en pequeños reinos, desangrados en constantes forcejeos y a menudo embrollados en los tejemanejes franceses. Por primera vez tenían un centro de poder casi incontestable: el Parlamento de Londres. 

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El Imperio Británico en su más tierna infancia (en azul). En este momento los grandes imperios eran el Otomano, el Mogol y el Qing. Y, por superficie, el español y el ruso.

Sus predecesores habían llegado demasiado tarde al reparto del pastel americano, así que sólo pudieron rascar un puñado de islas en el caribe, la bahía de Hudson y el tramo costero entre los imperios francés y español. Unos dominios bastante modestos, sí, pero mucho más densamente poblados de lo normal, porque a allí habían escapado cientos de miles de disidentes y refugiados durante las guerras civiles. También tenían una Compañía de las Indias Orientales con varios puestos comerciales en la India. Los Hannover heredaban un imperio pequeño con un papel internacional marginal. Pero bien ubicado y con todos los elementos para medrar: un rey débil, estabilidad interna, una administración centralizada, un banco nacional, colonias en diferentes climas, un ejército disciplinado y una flota. Y además, tenían la fortuna de encontrarse sobre una mina de oro -figurativamente hablando-: yacimientos enormes de carbón. -Que, de hecho, resultó bastante mejor que si hubiera sido de oro-.

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Carbón + algodón = la repanocha en bicicleta.

Recuperando una política exterior agresiva abandonada desde la Guerra de los Cien Años, los británicos demostraron rápidamente que su unión política era una potencia a tener en cuenta. Aunque no tanta como para intentar cualquier conquista seria en Europa. Daba igual. No lo necesitaban. El plan era el siguiente: aplastar a los bandoleros y a los piratas. Se dispararía el comercio, con el comercio pagarían las infraestructuras para que hubiera más comercio, con más dinero y un banco central podían pedir préstamos más grandes con menos interés para pagar a los soldados de forma regular y que fueran más disciplinados, y utilizarían a sus casacas rojas para expandirse fuera de Europa. Mientras tanto, mantenían a las otras potencias ocupadas, pagándoles para que se pegaran entre ellas y, casi siempre, con Francia. Lo que no estaba en el plan fue la combinación de suministro de algodón en crudo y mucho carbón, que disparó la Revolución Industrial. Pero tampoco les vino mal la sorpresa. Cuando murió el último de los Georges, el IV, ya había servicio regular de barcos de vapor en el Támesis. Y ese mismo año se inauguró la primera línea de transporte ferroviario interurbano: Machester-Liverpool. Para entonces el Imperio Británico dominaba Canadá, el Caribe, Sudáfrica, India y Australia. Era el principal socio comercial de la mayoría de los países. Se había convertido en el taller del Mundo. El number one en materia militar y económica. El primer policía global

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El Imperio Británico aún en su adolescencia (en azul). En este momento ya sólo había un gran imperio: el británico. Y por superficie, el Ruso, el Qing y el Otomano. Pero los británicos ya habían derrotado a esos tres y se habían zampado al Mogol.